jueves, 17 de marzo de 2011

Los sueños que tuvimos ayer


Cuando era chica me imaginaba entrar a la iglesia con mi papá. Que me sonriera cuando diera el sí y que bailara conmigo el vals de la bella durmiente, tal como lo hizo al casarse con mi mamá. También me imaginaba que cuando tuviese hijos, él los iba a malcriar, le contaría sus historias de cuando era niño, los llevaría a la casa de Quintero y verían los partidos de futbol de la U juntos.

Y si en algún momento me iba mal en algo, iba a correr a sus brazos, para que me dijese que hay que salir adelante y que todo va a estar bien. Pero ahora al imaginarme todas esas cosas ya no siento la misma alegría, porque ahora sé que el futuro no será así.

Para qué, por qué, de qué


De que me sirve hacer planes para el futuro, pensar en qué voy a trabajar o dónde voy a vivir.

Para qué voy a construir una fortaleza donde quepan mis sueños y me pueda refugiar cuando quiera

Por qué debería estar feliz, por qué no me debería deprimir

Nada de lo que pueda desear o tener me importa, nada me llena si no tengo esa sonrisa de niño chico, ese entusiasmo que te hace ser atarantado y que me hace reir.

Porque no me interesa tener un hogar pobre, no tener trabajo ni agua caliente.

No me importa vivir en una casa cómoda y grande. Mucho menos me interesa que me pase algo malo.

Porque lo único malo que me puede dañar y dejarme tirada en el piso de por vida es no tenerte. Saber que te irás a un lugar donde no podré alcanzarte. No puedo vivir con eso. Y quizás soy muy niña chica o dependiente, y qué hay si lo soy? Ya no me importa vender una apariencia de mujer fuerte, porque aunque lo hiciese no serviría de nada, no cambiaría nada. Porque lo único que pido es que no me dejes. No podría soportarlo.