
Creo que ver lo que es una familia me conmueve demasiado. Escuchar a mi mamá decir lo feliz y maravillada que está por sus hijas, por su esposo; es algo que me llena de lágrimas los ojos, que si bien son de felicidad, también son de nostalgia, de tristeza, de desasosiego. La incertidumbre, o tal vez la certeza de saber que cada vez queda menos, que pronto llegará el final y que aunque corra con todas mis fuerzas, jamás podré ganar la carrera.
Y en ese estado entre la dicha y la pena, el único consuelo que me queda tal vez, es la misión de crear algo similar. De construir a imagen y semejanza lo que mi familia representa. Y es que cada noche me quedo pensando en lo que se viene para mí. En el camino que tendré que caminar sola, en el futuro que se sostendrá de acuerdo a la construcción que haga con los ladrillos que tengo en mis manos.
Tengo ganas de ser madre, de tener un niño o una niña. Un pequeño bebe al cual cuidar, entregar protección, abrigo y sobretodo amor. Poder transmitir los valores que me enseñaron mis padres, jugar a que todo se puede lograr y explicar que pese a las adversidades que se presenten a lo largo de los años, nunca hay que dejar de soñar. Porque al menos yo, ahora tengo un sueño y ese es tener unos pequeños dando vuelta a mí alrededor.
El problema es que debo encontrar a alguien con quien compartir ese sueño. Una persona que sea mi compañera de viaje, de proyectos, del futuro que quiero crear. Y es ahí donde mi esperanza flaquea, porque pienso que no encontraré a la persona indicada para poder realizar esta aventura. Qué difícil se vuelven las cosas cuando dejan de depender solo de nuestra voluntad.