
Ella vivía a 3 metros de la tierra y a kilómetros de distancia del cielo. Es por eso que cada vez que tropezaba le dolía más que a todos la caída. Como toda chica que se duerme mirando las estrellas y adorando el resplandor de la luna en la noche, estaba llena de sueños. Comprar una casa, escribir un libro, tener un hijo, dejar un testimonio de su vida en el mundo, algo que trascienda, una huella por la cual ser recordara en el futuro.
También le molestaban muchas cosas, las promesas sin cumplir, las traiciones, las mentiras. Cosas que a todos los que se jacten de ser humanos, les debiesen molestar. Aun así, ella siempre recalcaba lo que estaba mal, era directa e impulsiva, lo cual le trajo muchos problemas con su círculo cercano, siempre estaba dispuesta a decir lo que pensaba, también era abierta al escuchar explicaciones. Pero luego de un tiempo, se aburrió de escuchar y no ser escuchada, de pelearse con las personas por decir lo que sentía, por tratar de hacer lo que para ella era correcto.
Un día como cualquier otro, dejó de hablar. Ya no reía como antes ni mucho menos peleaba por lo que le parecía justo. De discursos interminables y sonrisas contagiosas, pasó al llanto y el silencio. En realidad, nunca dejó de hablar, porque con los silencios también se dicen muchas cosas. Solo que ella ya no quería ser esclava de sus palabras, ahora quería ser dueña de sus silencios. Y así fue como empezó a aislarse del resto del mundo. A darle espacio a otros para actuar, para buscar. Ella ahora solo esperaba, se preguntaran qué. La verdad, ni ella misma lo sabía.
Para su desgracia, nadie notó el cambio. Quizás esto se debió a que todos estaban muy pendientes en sus vidas para pensar en ella o tal vez, nunca se dieron el tiempo para saber quién era realmente. De todas formas, nada cambió, la chica siguió con su silencio, sus amigos y familiares siguieron hablando sin decir nada y el tiempo pasó, porque la vida continúa y no hay nada que podamos hacer con ello.
La chica del segundo piso se quedó mirando el cielo, tratando de encontrar respuestas que nunca llegarían, observando el suelo desde sus 3 metros. Lo único que cambió en su vida, es que nunca más volvió a caerse de nuevo, esa vez fue la definitiva, el problema es que nunca más volvió a levantarse, después de volver a su segundo piso, se quedó sentada para siempre, sin hablar, sin reír, sin soñar. En completo silencio esperando el final.