Una vez leí que uno
tiene que aceptar la vida, con su día y con su noche, con su llanto y su risa,
con sus bodas y funerales. Y durante todo este tiempo, que no alcanza a ser un
año, he tratado de aceptar esas cosas que pasan. Pero el aceptarlo no significa
que duela menos. Siempre encontré cierta la frase que dice “el dolor es
inevitable, pero el sufrimiento es opcional” y me la repito cada vez que las
lágrimas amenazan con salir. Pero aun así lloro.
Porque no lloro de
angustia, no lloro porque me guste llorar, lloro porque siento dolor. Porque recién
comprendo esa frase de “me duele el corazón” porque de verdad duele. Una
punzada, un nudo, como quieran llamarle. Pero sí siento esa opresión y creo que
no hay forma de describirla, es algo que se siente y punto. Entonces cómo hacer
para que no duela o cómo hacer para que duela menos. He probado formulas, cada
una diferente a la otra, pero aun así el dolor no se va, al contrario, se acrecienta
cada vez más y se impregna a mí como un tatuaje.
Y ese tatuaje lo
tendré que portar durante toda mi existencia, por consecuencia, el dolor no se
irá a ningún lado. Tantas palabras que hacen sentido, pero que irónicamente
cada uno siente diferente. Nadie se puede poner en tu lugar porque hay que
vivirlo y aun así, la vida con sus miles de fondos y formas, no asemejarán las
vivencias ni el sentir de uno u otro. Puede que digan que existen las almas
gemelas, pero no los corazones, mentes y sentimientos gemelos.
Por eso yo no espero
que alguien me entienda, y llevo el dolor en silencio. No para hacerme la
fuerte, no para evitar ser vulnerable ni mucho menos para aparentar lo que no
soy. Lo hago porque sé que de todas formas y colores nadie comprendería.