miércoles, 25 de abril de 2012

Como un tatuaje


Una vez leí que uno tiene que aceptar la vida, con su día y con su noche, con su llanto y su risa, con sus bodas y funerales. Y durante todo este tiempo, que no alcanza a ser un año, he tratado de aceptar esas cosas que pasan. Pero el aceptarlo no significa que duela menos. Siempre encontré cierta la frase que dice “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional” y me la repito cada vez que las lágrimas amenazan con salir. Pero aun así lloro.

Porque no lloro de angustia, no lloro porque me guste llorar, lloro porque siento dolor. Porque recién comprendo esa frase de “me duele el corazón” porque de verdad duele. Una punzada, un nudo, como quieran llamarle. Pero sí siento esa opresión y creo que no hay forma de describirla, es algo que se siente y punto. Entonces cómo hacer para que no duela o cómo hacer para que duela menos. He probado formulas, cada una diferente a la otra, pero aun así el dolor no se va, al contrario, se acrecienta cada vez más y se impregna a mí como un tatuaje.

Y ese tatuaje lo tendré que portar durante toda mi existencia, por consecuencia, el dolor no se irá a ningún lado. Tantas palabras que hacen sentido, pero que irónicamente cada uno siente diferente. Nadie se puede poner en tu lugar porque hay que vivirlo y aun así, la vida con sus miles de fondos y formas, no asemejarán las vivencias ni el sentir de uno u otro. Puede que digan que existen las almas gemelas, pero no los corazones, mentes y sentimientos gemelos.

Por eso yo no espero que alguien me entienda, y llevo el dolor en silencio. No para hacerme la fuerte, no para evitar ser vulnerable ni mucho menos para aparentar lo que no soy. Lo hago porque sé que de todas formas y colores nadie comprendería.